Una historia de este mundo, o de algún otro

Marte

Ella estaba sonriente y parecía feliz. Miraba para todos lados, veía algunas cosas que otros no ven, escuchaba cosas que son difíciles de oír y compartía historias que venían de lugares lejanos. La gente pasaba a su alrededor sin mirarla, como si ella no existiera, pero eso es común, la gente ya no está acostumbrada a compartir la humanidad con otros.

Nunca voy a olvidar la primera vez que la vi. Estábamos rodeados por una multitud, se escuchaban melodías hermosas, el sol se despedía lentamente para darle paso a una luna inmensa y las montañas nos abrazaban.

Nos vimos, nos saludamos y sentí que la conocía desde siempre, como si hubiéramos compartido esa vida, o alguna otra. Siempre supe que ese encuentro no era casual pero, aún así, me agarró de sorpresa. Nunca creí, que se pudiera conectar con alguien completamente desconocido de entrada, como si nada, pero en ese momento se rompieron mis reglas.

Cosas raras de la vida quizás, pero lo cierto es que desde el principio ella era distinta. En un mundo donde la vida es un círculo rutinario y vicioso, donde las personas se amoldan a estereotipos y modelos exportados, donde lo diferente es rechazado por temor o por costumbre, ella era auténtica y eso me resultó irresistible.

La quise conocer y fue complicado, la quise entender y fue todavía más complicado. Había desencuentros y encuentros, charlas y silencios, idas y venidas, pero no podía descubrir que era lo que pasaba por esa cabeza.

Un día, en una charla, de esas que teníamos algunas mañanas cuando los dos trabajábamos y nos encontrábamos para hablar mal del sistema y de la esclavitud posmoderna, de repente, sin aviso y casi como una confesión, me dijo que ella venía de Marte. Yo me reí y no le di mucha bola. No sabía que lo decía de verdad.

A los pocos días, nos encontramos en la plaza del barrio, tomamos una cerveza y charlamos un rato. Los chicos jugaban en los toboganes, las señoras tomaban sol y le sacaban el cuero a los vecinos, los vendedores de artesanías fumaban y sonreían a los cuatro vientos, los perros correteaban por ahí y los pajaritos cantaban alegres. En un momento ella me miró seria y, con un tono un poco sombrío, me preguntó si quería irme con ella a su planeta y yo, pensando que seguía con el chiste, le dije que iría con ella hasta el fin del este mundo o de cualquier otro. Prometió que volvería por mí y, como por arte de magia, desapareció frente a mis ojos, sin decir más nada. Se esfumó, en el medio de la plaza, pero nadie pareció darse cuenta.

En el acto, no supe que hacer, me quedé ensimismado, como esperando que sonara un reloj o alguien me dijera que era la hora de la pastilla, pero eso nunca paso. Estuve varios días pensando e intentando saber si fue un sueño, un invento de mi imaginación o fue real. Al poco tiempo, todo empezó a tener un poco de sentido, ella era única y ahora sabía por qué.

La busqué días y noches, le pregunté al dueño del bar, al señor que vendía el diario en la esquina de la plaza, a los vecinos y hasta la busqué con la policía (y eso que no me gustan para nada); pero todos dijeron que no la habían visto. Recorrí cielo, mar y tierra para intentar dar con ella, pero no hubo noticias por algún tiempo.

Tanto tiempo la busqué, que un día aparecieron seis hombres de anteojos negros que me aseguraron que la habían encontrado y me invitaron a subir a un auto. Con mi alegría que me embargó, no lo dude ni un segundo y me trepé. Rodeado por estos sujetos, comencé a preguntar como estaba, donde la encontraron y en cuanto tiempo podría verla. Ellos me pidieron que me tranquilizara, y me dijeron que ya llegaría el momento. Luego me ofrecieron una bebida fresca, que acepté, y, a los pocos minutos, me desplomé sobre al asiento trasero del viejo Volkswagen.

Cuando desperté, estaba mareado, me molestaba mucho la luz y un zumbido me hacía sentir que la cabeza me iba a estallar. Cuando mis ojos se fueron acostumbrando a la luz, la volví a ver. Estaba atada a una silla, con los ojos llorosos, con un moretón en un ojo y, por primera vez desde que la conocí, no tenía su bella sonrisa.

A nuestro alrededor, unos hombres nos miraban y murmuraban cosas incomprensibles. Ella parecía no estar presente: tenía la mirada perdida, fija en el piso, y no omitía ningún sonido. De repente, se hizo un silencio total y la habitación empezó a girar y, mientras me desvanecía otra vez, escuché que ella gritaba. Finalmente todos desaparecieron.

Cuando los últimos rayos de sol saludaban a un día primaveral, dos chilenos que venían a conocer nuestro país, me encontraron en un callejón. Me desperté exaltado, asustado y aturdido. No paraba de preguntar por una chica que venía de Marte y por unos hombres que la tenían secuestrada. Por miedo a lo que no se puede entender, cuestión que afecta a casi todo el género humano, los chilenos no tuvieron otra alternativa que llamar a la policía, y si la tuvieron no la escogieron.

Después de un montón de preguntas, un largo paseo por varias comisarias y de ser tratado como basura, comprendí que estaba sólo con mi verdad y, automáticamente, supe cual era mi destino.

Desde aquella tarde, ya no la busco, ya no me dejan buscarla. Pero todavía, cuando veo su rostro dibujado en la pared de mi pequeña habitación del neuropsiquiátrico provincial, me pregunto quienes eran esos hombres, que le habrán hecho, si habrá vuelto a ser feliz, en qué rincón de la galaxia estará en este momento y cuándo volverá a pasar por aquí para regalarme su sonrisa y llevarme con ella.

Advertisement

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.